Marcos Mondoñedo: “El lector clásico se esfuerza por la lentitud ante la exigencia por la brevedad”

“La hipótesis lacaniana es que eso real es una especie de agujero que se delinea o delimita insistente, negativamente por los procesos de significación de los discursos de la cultura”

Me cité a mediados del mes de abril con Marcos Mondoñedo, profesor de Teoría Literaria y Semiótica en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Perú y autor de Lo que no cesa de no escribirse (2014), para hablar de literatura, psicoanálisis e investigación.

Marcos Mondoñedo | Foto cedida por el autor

Permítame comenzar por unas preguntas generales antes de entrar en algunos de los tópicos del libro: ¿Por qué el psicoanálisis como marco para estudiar el arte y en concreto la literatura?

El psicoanálisis es una disciplina que se enfrenta a una dimensión fundamental de la existencia humana, aquello que Lacan llamó lo real: lo imposible de decir que, no obstante, se dice de todos modos. El paradójico hecho de ser inherente y, al mismo tiempo, exterior que caracteriza a lo real es difícil de abordar por otras disciplinas de análisis del discurso. Y la literatura, especialmente la poesía que analizamos en el libro, es un tipo de discurso que, en momentos singulares, se enfrenta a las experiencias que aún no tienen cabida en el conocimiento comunitario, en el saber enciclopédico. No obstante, en algunas ocasiones, los poetas intentan “interpretar” lo real, lo que no logra inscribirse en el saber, y con ese esfuerzo producen un discurso especial. En ese sentido, me parece que interpelar a la poesía con el psicoanálisis es un proyecto que cae por su propio peso.

¿Cómo llegó a articular ese marco teórico? Si no estoy errado, está formado en literatura y semiótica…

…sí, la literatura es mi espacio institucional, en concreto la Escuela de Literatura de la Facultad de Letras de San Marcos. Ese es mi marco de investigación y mi lazo social académico. Dentro de la escuela me especialicé en la semiótica, principalmente, aquella desarrollada por la llamada Escuela de París dirigida por A.J. Greimas y conformada por Jacques Fontanille, Claude Zilberberg, Eric Landowski… Tuve como profesores a seguidores notables del maestro y de sus discípulos. En todo caso, el marco teórico de Lo que no cesa… se inscribiría dentro de lo que Greimas y Courtés llamaron “psicosemiótica”. Ha habido muchos intentos notables para constituir esta disciplina, pero, como se dice en Diccionario razonado del lenguaje… es más un deseo del semiótico que una realidad. Se trata de un trabajo de constitución interdisciplinaria que busca incorporar los desarrollos analíticos de la semiótica con el interés por lo real del discurso.

Una de las críticas que se suelen esgrimir a la hora de hablar de psicoanálisis es el hermetismo de los textos, ¿Cree que es justificada esa crítica? ¿A qué se debe?

Creo que está justificada en cierto sentido. Se debe a la escritura de Jacques Lacan quien, explícitamente, dijo que sus Escritos no son para ser comprendidos. Jean-Claude Milner explica en uno de sus libros que esto se inscribe en el intento de un grupo de intelectuales franceses de principios del siglo XX de incorporar el pensamiento filosófico alemán en la academia francesa. Al parecer, la lengua francesa era demasiado cartesiana y no podía alojar la complejidad del pensamiento hegeliano. En consecuencia, comenzaron a elaborar una lengua francesa académica con la que se pudiera escribir, dar cuenta, trabajar una dimensión fundamental de la experiencia humana que podríamos llamar, con Badiou, el acontecimiento. En concreto, Lacan, que se inscribe en ese marco, elabora su escritura para no ser comprendida porque comprender rápidamente es un error en la práctica psicoanalítica: si un analizante es comprendido demasiado pronto, eso se debe a que ha sido clasificado dentro de los parámetros del sentido común o del saber ya institucionalizado. Por el contrario, en el psicoanálisis cada sujeto debe ser tratado en su singularidad, no desde aquello que comparte con los miembros de su grupo, sino a partir de las causas que le conciernen muy privativa y contingentemente. En ese sentido, puede decirse que la escritura de Lacan prepara a los analistas para su práctica no solo a través de los temas que trata, sino también en la praxis de su enunciación.

La hipótesis lacaniana es que eso real es una especie de agujero que se delinea o delimita insistente, negativamente por los procesos de significación de los discursos de la cultura, pero que ninguno de ellos lo puede hacer consistir, vale decir que ninguno lo puede hacer pasar a la presencia discursiva o, dicho de otro modo, ningún discurso puede transformar lo real en una magnitud semántica o expresiva

Ya entrando en Lo que no cesa de no escribirse, según su definición, al individuo contemporáneo le resulta imposible quedarse con el vacío de sentido. De ahí, la interpretación es entendida como el acto y/o la interfaz que permite el tránsito entre el sentido y el vacío. Si la mediación se orienta hacia el sentido, tendríamos producción de sentido, si se orienta hacia el vacío, tendríamos interpretación de lo real. Esta argumentación es útil para entender la caída de la representación, que en literatura podríamos asociar a las propuestas que cuestionan la mimesis y que van de la modernidad a la postmodernidad pasando por las vanguardias. ¿Está de acuerdo con este sucinto resumen? ¿Podría darnos algún ejemplo?

Sí, está bien resumido. Cabría añadir que muy posiblemente todo discurso puede ser observado a partir de la consideración de esos dos aspectos: uno que se ordena dentro de los registros de lo simbólico y lo imaginario, y el otro que se ve implicado por lo real. La hipótesis lacaniana es que eso real es una especie de agujero que se delinea o delimita insistente, negativamente por los procesos de significación de los discursos de la cultura, pero que ninguno de ellos lo puede hacer consistir, vale decir que ninguno lo puede hacer pasar a la presencia discursiva o, dicho de otro modo, ningún discurso puede transformar lo real en una magnitud semántica o expresiva. Cualquier intento en ese sentido es, en todo caso, un revestimiento, ya sea como imaginarización o como una simbolización. Y precisamente, el modo de intentar una u otra operación es lo que resulta interesante de observar en los discursos.

Recientemente, estuve analizando de modo comparativo la poesía de dos poetas peruanos de los años 20: Oquendo de Amat y Alejandro Peralta. Podría decir, muy superficialmente, que ambos se enfrentan, de modos diferentes, a la modernización capitalista que se produce en esos años en el Perú como un real. El primero construye una poesía que cuestiona frontalmente la racionalidad occidental, como sus pares vanguardistas europeos, pero no puede dejar de notarse en su poesía una vitalidad gozosa muy específica y que no es disonante con el experimentalismo de su escritura. En cambio, Peralta se esfuerza, con técnicas de escritura semejantes, por construir una imagen del mundo andino que permita incorporar a los intelectuales provincianos como el agente fundamental del proceso de modernización capitalista que comenzaba a experimentarse con incertidumbre.

Lo que no cesa de no escribirse tiene muchos elementos para ser analizados. Entre ellos, en la primera parte teórica, destaco la explicación de cómo funciona la interpretación de lo real mediante la sustracción del sentido y que permite enfrentar algunos problemas de referencialidad y circularidad, en el sentido de utilizar el lenguaje para hablar del lenguaje, o, como dijo Octavio Paz, las redes de pescar palabras están hechas de palabras. ¿Cree que la sustracción del sentido, como método de análisis literario, es imprescindible?

Sí, es imprescindible. Por lo menos si se intenta un análisis más cabal de los procesos implicados en el sentido y la significación. Y lo real, lo que insiste en no inscribirse, es un aspecto innegable de los seres hablantes o, quizás mejor, discursantes. Y ese aspecto no es tocado desde la perspectiva del análisis discursivo. En concreto, la semiótica greimasiana, la disciplina desde la que parto no incorpora ese aspecto fácilmente. Al final de sus días, Greimas comenzó a interesarse en lo imperfecto, en la crisis, en la anomalía, conceptos que pueden aproximarse a lo real como sus manifestaciones. Pero su discípulo, Jacques Fontanille construyó a partir de ese punto una semiótica de lo sensible, del cuerpo y desde entonces todo se orientó hacia la fenomenología, sobre todo la de Merleau-Ponty que se convirtió en la base epistemológica de la semiótica muy influyente de Fontanille. Creo que ese giro, que por lo demás es muy sofisticado y que sirve muchísimo al análisis del discurso, impidió o por lo menos demoró el abordaje semiótico de lo real.

No quiero ser injusto y por eso debo nombrar el trabajo de Eric Landowski, quien recupera el interés por la imperfección greimasiana y la divide en dos regímenes de sentido: uno sensible y otro catastrófico que llama “régimen del accidente”. Nosotros, en Lo que no cesa…, ponemos un énfasis que no es explícito en Landowski: para incorporarlo al análisis, lo real debe rastrearse en la praxis enunciativa.

El sujeto se delata por su letra, digamos. Me gustaría pensar en este modelo como un análisis liturario y no solo literario.

¿La letra como respuesta a la caída de la representación se encuadraría en ese resto que permanece ante la sustracción de sentido? 

La letra, entendida en los términos que establece Lacan, como un litoral entre el saber y el goce, es un tema que no desarrollamos en el libro. En Lo que no cesa… nos basamos sobre todo en el trabajo del seminario 10, La angustia, que revitaliza la relación entre el objeto que inventa Lacan, el objeto causa del deseo, el objeto a y el fantasma. Pero creo que es correcto pensar la letra como una traza o, como dice Lacan, como una “litura”, una tachadura rastreable detrás de todo significante. Es una categoría muy desinvestida, si se quiere; en cambio el fantasma está todavía muy relacionado con el sentido. Por este motivo, es verdad que la letra se perfila como el resultado del método sustractivo de análisis. Mi tesis de doctorado –que espero poder sustentar este año si se apresuran los procesos burocráticos– se dedica a la letra entendida como litoral. Más allá de todas las lituras de las que se compone un discurso (las tachaduras que quedan como escritura y las que han sido borradas) hay una litura que se visibiliza como aquella que delata a un sujeto. El sujeto se delata por su letra, digamos. Me gustaría pensar en este modelo como un análisis liturario y no solo literario.

Lo real de la escritura digital se vería representado por el lector clásico que se esfuerza por la lentitud ante la exigencia por la brevedad, el que indaga en las profundidades teóricas en medio de la exigencia por lo superficial.

¿Cómo interpreta la escritura digital a partir del marco teórico trazado por Lo que no cesa de no escribirse?

Si entendemos la escritura digital como aquella práctica que produce textos sobre los dispositivos digitales como computadoras, celulares o tablets, diría que es una escritura de segundo grado. Es una escritura, por ejemplo, la alfabética, que el escritor conoce y que se sostiene sobre una escritura desconocida, salvo por los especialistas, la del código binario. Ahora bien, esto de no conocer el funcionamiento de los instrumentos que se utilizan a diario es muy común en la modernidad. Me parece que es el novelista Milan Kundera quien describe a Goethe como el último sabio que conocía el funcionamiento de todos los aparatos que utilizaba y podía construirlos, por ejemplo, un telescopio, por sí mismo. Después de él, todos nosotros operamos con los gadgets, como los llamaba Lacan, sin conocer casi nada de sus procesos internos. Hay, entonces, una relación un tanto fetichista con estos dispositivos, con los de la escritura y los de la lectura digital también. En tal sentido, el objeto adquiere más importancia que lo que se escribe sobre él.

Podría decirse que el soporte de inscripción cobra protagonismo e influye en el modo en que los lectores se relacionan con la escritura: se impone la inmediatez, la brevedad, la ubicuidad, la superficialidad como necesarias, no cesarán de escribirse y a tal punto que, probablemente, podríamos pensar que los usuarios de los dispositivos son los nuevos medios del mensaje, una especie de bioconductores para el flujo de la información… Pero esto ya es muy conocido. Lo que sí podría decirse desde la perspectiva del libro es que lo real imposible serían lo mediato, lo pausado, lo localizado, lo profundo; es decir, la contradicción de lo necesario. Lo real de la escritura digital se vería representado por el lector clásico que se esfuerza por la lentitud ante la exigencia por la brevedad, el que indaga en las profundidades teóricas en medio de la exigencia por lo superficial. El “lector real”, digamos, sería un sujeto que se resiste a los procesos empresariales universitarios que ya denunciaba Heidegger en “La época de la imagen del mundo”.  Habría que darle más vueltas a este asunto.

En la segunda parte del libro, una vez trazado el marco teórico, se analizan las obras de autores peruanos. ¿Cómo definiría a la literatura peruana dentro del contexto de la globalización? Lo pregunto en el sentido de que hoy en día se cuestiona la noción de literatura nacional.

Hay en efecto dos maneras de observar los procesos discursivos: desde la perspectiva de su inscripción en un proceso mayor y desde el punto de vista de los desarrollos específicos. De la primera manera, podríamos decir que un proceso concreto, por ejemplo, el proceso de la literatura en el Perú es un caso particular de un fenómeno global. En cambio, desde la segunda perspectiva, cabría observar y destacar rasgos concretos que no se comparten con otros particulares considerados como pares. Ante esto, siempre me gusta recordar la diferencia que establece Gilles Deleuze entre lo particular y lo singular. El primero se constituye por la lógica de la equivalencia y la de lo intercambiable, un particular es reemplazable por otro particular y cada uno es la actualización de algunas reglas generales. En tal sentido, la literatura peruana y la boliviana pueden ser observadas como equivalentes y determinadas por procesos de modernización semejantes.

Pero lo singular es lo extraordinario que se impone a lo ordinario, como dice Deleuze, la eternidad que se impone sobre la permanencia. Podríamos decir que es ese punto en la existencia que se proyecta hacia la universalidad como una apertura. Por eso nuestros análisis se dedican a poetas peruanos no porque pertenezcan a la clase de lo peruano, que se definiría por reglas supuestamente generales. Son peruanos porque son los que conocemos más. Analizamos la singularidad de César Moro, de José Watanabe y de Mario Montalbetti. Y encontramos que tienen posiciones distintas respecto de lo real. El primer poeta, el más antiguo de los años 30, provoca y se enfrenta temerariamente a la ausencia radical del sentido e intenta extraer una consecuencia revitalizante de esa experiencia; el segundo, de los años 60 y 70, reconoce lo real, pero prefiere cubrir el agujero que ello implica en el sentido con el archivo de la cultura. Finalmente, Montalbetti que continúa hoy su labor poética niega lo real; para él, lo que no cesa de no escribirse es incluso una consecuencia fantasiosa del lenguaje.

La época exige, incluso a los profesores universitarios, una productividad sostenida y, en algunos casos, esta exigencia deriva en una cierta superficialidad de los artículos que se publican en las revistas que cuentan con una indexación. Parecería que el anhelo por obtener mejores puntajes es más importante que el compromiso con una investigación vocacional.

Otro aspecto que me sorprendió del libro fue el pedagógico, en el sentido que convocó a alumnos, o colegas investigadores, para realizar el análisis de las obras. ¿Cómo concibe la actividad docente universitaria con la investigación?

Martín Vargas y Karen Calle, quienes me siguieron en el proyecto del libro, fueron dos de los mejores estudiantes de la escuela de Literatura. En ese momento, acababan de terminar su carrera y ahora continúan sus estudios de posgrado.

La investigación en la universidad es fundamental; sin embargo, en el Perú por lo menos, se ha vuelto un poco difícil mantener el esfuerzo por trabajos más arriesgados y sostenidos dentro del campo de las Humanidades. La época exige, incluso a los profesores universitarios, una productividad sostenida y, en algunos casos, esta exigencia deriva en una cierta superficialidad de los artículos que se publican en las revistas que cuentan con una indexación. Parecería que el anhelo por obtener mejores puntajes es más importante que el compromiso con una investigación vocacional. Ahora, las universidades ofrecen cursos de capacitación para que sus profesores sepan producir artículos que tengan impacto. Esto es, me parece, una cierta lógica del marketing en el campo de la investigación universitaria. No obstante, todavía pueden encontrarse publicaciones importantes e interlocutores internacionales de mucho valor.

¿Tiene algún grupo de investigación abierto o sólo dentro del ámbito de su universidad?

Había un grupo, se llamaba Grupo de Estudios Psicoanalíticos de los Discursos de la Cultura, (GEPSIDIC). Operaba al margen de la institución universitaria, aunque dentro de sus espacios, los cuales eran cedidos por las autoridades para nuestras actividades: conferencias sobre Badiou, sobre la poesía de Emilio A. Westphalen analizada con el psicoanálisis, talleres de lectura de la teoría política de Rancière, lectura de los seminarios de Lacan. Pero este grupo no se encontraba inscrito en ningún instituto. Luego, pude inscribirlo en el Instituto de Investigaciones Humanísticas de mi facultad, pero hoy por cuestiones burocráticas se encuentra desactivado. Luego de terminados los procesos de mi tesis de doctorado pienso retomar las riendas de ese proyecto.

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