Osvaldo Lamborghini, «una cajita en el sótano» de la literatura argentina

“Si Arlt, que como escritor es el mejor de los tres, es el sótano de la casa que es la literatura argentina, y Soriano es un jarrón en la habitación de invitados, Lamborghini es una cajita que está puesta sobre una alacena en el sótano” (R. Bolaño)

Fue en mayo de 2015 cuando supe por primera vez de la existencia de la obra pictórica de Osvaldo Lamborghini a través de una exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona titulada “Teatro proletario de cámara”. Un colega me había asegurado, con ese aplomo que hace del fervor anticipado y de la misteriosa lealtad un clásico borgiano, que la obra de Lamborghini estaba en las antípodas de propuestas como las de Fernando Pessoa, que describía su escritura a través del oxímoron “impotencia fecunda”. En el caso del argentino, la relación con la sexualidad, o con la imposibilidad de inscribir la relación sexual, utilizando la conceptualización lacaniana, era completamente distinta a la del portugués. Evidentemente ambos escritores pertenecen a épocas diferentes, mientras que el autor (o no) de “Tabacaria” escribió a principios del siglo XX, Lamborghini lo hizo entre los años 60 y 80. En el primero tenemos la autobiografía sin hechos del Libro del desasosiego, en el segundo, utilizando la expresión de uno de los collages del “Teatro proletario de cámara”, la autobiografía de un prostituto.

Imágenes del catálogo El sexo que habla

Lamborghini nació el 12 de abril de 1940 en Buenos Aires y falleció el 18 de noviembre de 1985 en Barcelona. Hoy es considerado uno de los grandes mitos de la literatura argentina contemporánea, y aún así, poco conocido. Publicó tres libros a lo largo de su vida: El fiord (1969), Sebregondi retrocede (1973) y Poemas (1980), junto con Novelas y cuentos. Tadeys (incompleta, 1994) y Teatro proletario de cámara (2008), aparecieron póstumamente, convirtiéndolo en un autor de referencia entre quienes tuvieron acceso a la obra, que existió en forma de préstamo, canje o hallazgo con los pocos ejemplares que circularon hasta principios del 2000, cuando se reeditó su trabajo.

Imágenes del catálogo El sexo que habla

La exposición del MACBA presentó, por primera vez en un museo, una antología de la obra plástica de Lamborghini, una faceta poco explorada en la trayectoria del escritor, que realizó esas producciones mientras residía en Barcelona, ​​entre 1981 y 1985, en un vasto conjunto de collages fotográficos que permiten comprender la radicalidad del artista. Teatro proletario de cámara es un libro-objeto ideado íntegramente por el propio escritor y que fue publicado en 2008, en edición facsímil. El libro resume la obra artística del autor porteño, el tránsito entre la obscenidad y la ideología, la superposición entre el documento fotográfico y el delirio literario. La exposición en el museo mostró, además del libro-objeto, sus cuadernos artesanales, que alternan fotomontaje, crónica de la Barcelona preolímpica y diario personal; collages con dibujos expresionistas e imágenes recicladas de revistas y panfletos pornográficos de la época y sus intervenciones pictóricas en libros del mercado editorial.

Un catálogo, titulado El sexo que habla. Osvaldo Lamborghini, se puede descargar gratuitamente en versión pdf en la página de exposición del museo. El texto contiene una selección de ensayos de César Aira, António Jiménez Morato, Alan Pauls, Paul Beatriz Preciado y Valentín Romá titulados: “Las dos Formulas”, “El ilustre desconocido Osvaldo Lamborghini”, “Pornoliteral”, “Encamados” y “Siete imágenes para un collage de Lamborghini”, respectivamente.

El texto de César Aira, responsable del legado de Lamborghini, se centra en la relación del escritor con la pintura, a la que consideraba «superficies metafísicas». Otro elemento que señala Aira, en esta relación, al que se suma la autoedición, fue la inversión que propuso al método establecido y aceptado en el medio editorial. Para Lamborghini, se trataba de “primero publicar, después escribir”:

En efecto, siempre se dio por sentado, al menos desde la invención de la imprenta, que uno escribe para que lo publique otro, como una fatalidad inevitable. Que lo haya sido realmente no impide, o no le impidió a Lamborghini, pensar una acción alternativa. Pues bajo esta luz el trabajo del editor se presentaba como una destrucción: al hacer el libro, al darle entidad pública, material, histórica, relegaba a la nada el manuscrito, y con él el trazo, y la tachadura, y todo el juego de grafología trascendental en el que el escritor había puesto a prueba los deleites y horrores de los fluidos paternos, que eran en definitiva la materia de lo que escribía. Y algo más todavía: anulaba el tiempo del proceso, lo comprimía hasta congelarlo en imagen mental, donde el accidente era accidente y el occidente era occidente, sin la posibilidad de intercambio y transformación (p. 27).

Imágenes del catálogo El sexo que habla

La pintura, según Aira, aunque autoeditada, siguió el proceso hasta el final, conservando la realidad de su obra en cada uno de los movimientos que la constituyeron. “La autoedición debía pagarse, y el precio era el secreto, pero el secreto siempre había estado ahí, haciendo de marco a toda la operación” (p. 28).

En “El ilustre desconocido Osvaldo Lamborghini”, António Jiménez Morato, en un ejercicio de contextualización, intenta responder cuál sería el lugar de Lamborghini en la literatura argentina. Para ello, Jiménez Morato parte de una conferencia impartida por Roberto Bolaño en la primera edición del Festival Kosmópolis del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona el 14 de diciembre de 2002, titulada “Derivas de la pesada”. En esta conferencia, Bolaño mapeó las corrientes fundamentales de la literatura argentina tras la muerte de Borges, la figura cenital sobre la que posiblemente se ordena toda la literatura del país. Para el chileno, la primera corriente sería Osvaldo Soriano, quien, según Bolaño, habría dado lugar a una literatura descartable; la segunda corriente sería Roberto Arlt, de donde deriva Piglia; y habría una tercera corriente secreta, Osvaldo Lamborghini:

Si Arlt, que como escritor es el mejor de los tres, es el sótano de la casa que es la literatura argentina, y Soriano es un jarrón en la habitación de invitados, Lamborghini es una cajita que está puesta sobre una alacena en el sótano. Una cajita de cartón, pequeña, con la superficie llena de polvo. Ahora bien, si uno abre la cajita lo que encuentra en su interior es el infierno (Bolaño apud Jiménez Morato, p. 51).

Imágenes del catálogo El sexo que habla

Además de “Derivas de la pesada”, citada por Jiménez Morato, Bolaño ya había escrito sobre Lamborghini en una crónica para el diario Las Últimas Noticias de Chile, publicada el 24 de septiembre del 2000, donde escribió que la prosa del argentino en Tadeys, que consideraba como una de las novelas más crueles, estaba compuesta por “frases como salidas de la pintura flamenca y de un improbable pop-art argentino y centroeuropeo”.

Volviendo a “El ilustre desconocido Osvaldo Lamborghini”, António Jiménez Morato se pregunta si la apreciación del escritor se corresponde realmente con el análisis que hace el autor de Los detectives salvajes. Tras analizar las posibles influencias, y dado el carácter radical de la obra de Lamborghini, reconoce que, aunque no hay escritores que se reconozcan abiertamente como lamborghinianos, hay tenues hilos que se pueden rastrear y que tienen que ver con: en primer lugar, autores vinculados al psicoanálisis, El desmadre, de Pablo Farrés sería un ejemplo. El segundo hilo podría ser político, y tendría que ver con autores que sin ser “panfletarios”, es decir, que no caen en el cliché de la literatura comprometida, expresan sin complejos el lugar desde el que escriben, autores tales como Félix Bruzzone, Martín Felipe Castagnet y Carlos Godoy. El tercer hilo, según Jiménez Morato, no oculto, pero quizás aún más tenue, sería la crítica: “Si Lamborghini es hoy un referente de la literatura argentina, se debe en buena medida, como ya se ha dicho, a la interpretación que de su obra hizo César Aira” (p. 65). Aira contextualiza obras de Lamborghin con clásicos de la literatura argentina: El matadero de Echeverría junto a El Fiord; Sebregondi retrocede con Martín Fierro; y, finalmente, Borges:

La imposibilidad de dar por acabado, de redondear, un «proyecto libro», por lo que finalmente se recogen textos que se encuadernan entre unas cubiertas– una emulación, repetición, diálogo, con la producción de Borges. De ahí se obtiene una tríada: Jorge Luis Borges, Esteban Echeverría y José Hernández, que es la misma con la que trabaja Pablo Katchadjian en su trilogía incompleta de intervenciones sobre textos clásicos de la tradición argentina (p. 66).

Imágenes del catálogo El sexo que habla

Estos serían algunos de los vínculos entre la obra de Lamborghini y la literatura argentina contemporánea, según sugiere Jiménez Morato, quien valida la visión del texto de Bolaño, a quien reprocha, no obstante, no incluir a Saer en el grupo de Soriano, Arlt y Lamborghini, y reconoce el papel de César Aira como gran intérprete e impulsor de la obra del autor de Teatro proletario de cámara.

Los invito a leer los ensayos también de Alan Pauls, Paul Beatriz Preciado y Valentín Romá, que se pueden descargar gratis en la página de la exposición del museo, como ya fue dicho. En resumen, para no alargar mucho este post, me gustaría señalar que el excelente texto de Pauls, “Pornoliteral” se centra en la relación entre pornografía, psicoanálisis y marxismo para afirmar que “no es difícil reconocer, en el sentido común sociopsico- ideológico-sentimental que el escritor tenía por entonces en la mira, lo que hoy se llama progresismo, cuyas dos vulgatas primordiales –el saber psicoanalítico y el marxismo– supo pervertir como nadie, trasmutando en condena todo lo que en ellas aparecía como promesa de emancipación” (p. 114). Pauls ya había descrito en un texto de 1989, “Lengua, ¡sonaste!”, publicado en el número 9 de la revista Babel, que la publicación de las obras de Lamborghini acabó con un mito y fundó otro. Pues, el autor, además de ser quizás la última literatura-límite argentina, también fue una tipografía:

Creíamos que, para leerlos, Lamborghini (él, y por supuesto la ignorancia que se abatió sobre él) nos obligaría siempre a volver sobre la materialidad única de esas pocas apariciones, a erosionarla con las relecturas, a manipularla como si se tratara de una colección de fetiches. Ese ritual de repetición terminó convenciéndonos de que los textos de Lamborghini eran textos princeps: habían sido editados como habían sido escritos: para herir o para desaparecer (p. 5).

La materialidad de la obra se pudo apreciar en la exposición del MACBA, aunque la buena lectura de Pauls presagiaba la contradicción de desvelar lo oculto mediante un ejercicio de homogeneización de una escritura (de lo) imposible. Esta inscripción, de acuerdo con el texto de P. Beatriz Preciado, “Encamados”, podría leerse, en “Teatro proletario de cámara”, como una “versión de La Philosophie dans le boudoir de Sade escrita en el contexto neoliberal, proto-postindustrial y social-cutre-demócrata de la Cataluña de principios de los años ochenta, pero también como un détournement crítico del lenguaje que Playboy inventa y difunde a partir de los años cincuenta en Estados Unidos y que llega a España con el destape y el final de la dictadura. Después del franquismo, la ficción «España» inventa su acceso a la democracia y al consumo a través de la narración pornográfica.” (p. 160). Para Preciado, toda la obra de Lamborghini podría leerse desde la violencia de la normalización política sobre el cuerpo, en la lucha por el reconocimiento como ser humano, en la frontera entre lo animal y lo monstruoso, y en el contexto de la transición democrática española, la cual es calificada por el argentino como una promesa utópica fallida: “Al-hiena la política, alimenta de carroña.» El estado del bienestar, añade Lamborghini, es un camino que lleva «del matrimonio al paro al manicomio. Doble locura en un lugar paleto” (p. 163).

El texto de Valentín Romá, además de ofrecer una lectura de la obra de Lamborghini y describir el proceso de composición, hace un recorrido por la biblioteca privada del autor, un gran lector que “no leía jamás, pero sus subrayados eran perfectos” (frase de Lamborghini). Entre las obras de la biblioteca, que, según Romá, no parecen ser de un escritor, sino de un filósofo o un sociólogo, destacan: Boquitas pintadas (1969) y Pubis angelical (1979) de Manuel Puig, las obras completas de Borges, de Roberto Arlt, como únicos autores argentinos. Después, Dante, Kafka, Poe, Sade, Burroughs, Dostoievski y Quevedo están intensamente representados, junto a numerosos volúmenes de Santa Teresa de Jesús y Virginia Woolf. En filosofía: Bachelard, Kierkegaard, Lévi-Strauss, Marx, Merleau-Ponty, Sartre, Barthes, Foucault, Glucksmann, Hegel, Teilhard de Chardin, Rousseau, Sollers, Freud, Kristeva, Lacan y Masotta, acompañados de La revolución sexual (1936) de Wilhelm Reich y la inesperada Escupamos sobre Hegel (1973) de Carla Lonzi. Sobre el arte: Cartas a Théo (1911) de Vincent van Gogh, La revolución erótica (1965) de Lawrence Lipton, Historia de la Mierda (1978) de Dominique Laporte y El ojo y la idea (1981) de Ruggero Pierantoni. Fue un gran admirador de Goya, Hogarth y John Cage, cuyo Silenzio (1971), en la primera edición de Feltrinelli, tiene numerosos comentarios al margen. Lamborghini también tenía catálogos de exposiciones que expresaban su interés por el arte de vanguardia. En el cine, los referentes fueron Godard, Antonioni, Dreyer y Pasolini y Fassbinder. Las constelaciones y los ecos que evoca la biblioteca parecen infinitos, «una cajita en el sótano» de la literatura argentina que parece contener el universo.

Para los interesados, al catálogo de la exposición de Barcelona se pueden añadir los prólogos de César Aira a las obras de Lamborghini, Osvaldo Lamborghini. Una biografía, de Ricardo Strafacce y Y todo el resto es literatura, una colección de ensayos recopilada por Natalia Brizuela y Juan Pablo Dabove, de la editorial Interzona. Recientemente se publicó una edición artesanal con textos e ilustraciones titulada Últimas Poblaciones, de Ediciones Chinatown, que reescribe el Teatro proletario de cámara en Teatro(Trash) proletariat de recámara.

Para terminar este texto, que pretende ser una mera introducción, dejo trechos de la crónica de Roberto Bolaño en el diario Las Últimas Noticias y un fragmento de Tadeys:

“Osvaldo Lamborghini, mártir”, Roberto Bolaño

Hay libros que inspiran miedo. Miedo de verdad. Más que libros parecen bombas de relojería o animales falsamente disecados dispuestos a saltarte al cuello en cuanto te descuides. Esta experiencia yo sólo la he tenido en dos ocasiones. La primera fue hace mucho tiempo, en 1977 ó 1978; leía entonces una novela breve en una de cuyas páginas se advertía al lector que a partir de ese momento podía morirse. Es decir que se podía morir literalmente, caerse al suelo y no levantarse. La novela era “La asesina ilustrada”, de Enrique Vila-Matas, y que yo sepa ninguno de sus lectores se murió, aunque muchos salimos transformados después de su lectura, con la certeza de que algo había cambiado para siempre en nuestra relación con la literatura. “La asesina ilustrada”, junto con “Los dominios del lobo”, la primera novela de Javier Marías, marca el punto de salida de nuestra generación.

La segunda novela que me ha producido verdadero miedo (y esta vez el miedo ha sido mucho más fuerte, porque no atañe a la muerte sino al dolor y la humillación) es “Tadeys”, la obra póstuma de Osvaldo Lamborghini. No existe novela más cruel. La empecé a leer con entusiasmo, un entusiasmo refrendado por la prosa original de Lamborghini, frases como salidas de la pintura flamenca y de un improbable pop-art argentino y centroeuropeo, guiado además por mi admiración por César Aira, discípulo y albacea de Lamborghini, autor del prólogo que abre esta novela inclasificable, y mi entusiasmo o mi inocencia de lector se vio parada en seco por la escritura del terror que me aguardaba. Sin la menor duda es el libro más bestia (no se me ocurre otro calificativo) que he leído en español en este siglo que se acaba. Es magnífico, es un regalo para un escritor, pero resulta imposible leer más de veinte páginas seguidas, a menos que uno desee contraer una enfermedad incurable. Yo, por supuesto, no lo he terminado y probablemente me moriré sin acabar de leerlo. Pero no lo voy a dejar. De vez en cuando me siento valiente y leo una página. En noches excepcionales puedo leer dos. Las Últimas Noticias (Diario: Santiago, Chile)– sept. 24, 2000, p. 10.

Es inevitable, al escribir surgen las llamadas pirámides sub-terra respecto al sentido, sobre todo cuando se trata de la propia escritura, aun cuando una novela —salvo si nos empeñamos en ser demasiado tontos— nada tiene que ver con el concepto de escritura. Líneas atrás escribí algo que me asombra. Actualmente puedo asombrarme, ya que, cuando cundió el Terror en la literatura, de inmediato quedó abolido el Terror de escribir mal —escribir: escribir mal, ya es una aberración—. Más inteligentes me parecen aquellos que meditaron el intento de Escribir el Mal, puesto que el Bien (en tanto bien, sólo se limitó a ser pornográfico, eludió el atomismo maligno de Sade) era fundamentalmente el Libro, la Biblia, del que derivaban todos los demás.

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